Valora la Eternidad al Tomar Decisiones en el Presente

En una cultura obsesionada con lo inmediato, vivimos constantemente tentados a reducir nuestras decisiones a lo urgente, lo visible y lo inmanente. Los plazos de entrega, las metas a corto plazo y -hay que decirlo- la constante comparación con otros parecen dictar nuestros pasos. Pero, ¿qué pasó con la perspectiva de lo eterno? Este es un tema en el que podemos reflexionar profundamente, al leer Génesis 23, donde Abraham, en medio de una situación "práctica" y emocionalmente difícil, elige actuar con una visión centrada en el futuro eterno que Dios le había prometido.

Sara, la esposa de Abraham, había muerto, y él necesitaba un lugar donde enterrarla. Podría haber aceptado la oferta gratuita de los hititas, resolviendo rápidamente la necesidad inmediata. Pero, Abraham optó por algo más. Compró la cueva de Macpela, no solo como un lugar de sepultura, sino como un acto de fe en la promesa de Dios de que esa tierra sería suya y de sus descendientes. Su decisión, aunque podría parecer innecesariamente complicada o costosa, estaba fundamentada en la trascendencia del plan divino, no solo en la inmediatez de su situación.

La Trampa de la Inmanencia

Es fácil caer en el error de vivir con la vista corta, sobre todo cuando nuestras vidas están llenas de oportunidades, pero también de presiones. Construir una carrera, invertir en una relación, comprar una casa, pueden convertirse en fines en sí mismos. Estas metas, aunque no son malas, pueden robarnos la capacidad de ver más allá de este mundo y enfocarnos solo en lo que tiene fecha de caducidad.

El problema no está en tener sueños o metas, sino en perder de vista cómo nuestras decisiones actuales encajan en el marco eterno de Dios. Cuando vivimos solo para lo inmanente, nuestras elecciones reflejan una visión limitada: ¿Qué me da gratificación ahora? ¿Qué me hará sentir exitoso en el momento? Pero la inmanencia, aunque tangible, siempre será insuficiente.

Un Llamado a la Trascendencia

Abraham nos recuerda que nuestras decisiones pueden y deben ser guiadas por una perspectiva eterna. Su compra de la cueva fue un acto trascendente porque se ancló en la confianza de que Dios cumpliría Su promesa, incluso si él no vivía para verlo. Nosotros también somos llamados a vivir con esta perspectiva: a preguntarnos cómo cada elección contribuye a la obra eterna de Dios en nuestras vidas y en el mundo.

Este llamado a la trascendencia no significa ignorar nuestras responsabilidades presentes, sino integrarlas en un marco más amplio. Por ejemplo, al construir tu carrera, pregúntate: ¿Cómo estoy reflejando el carácter de Cristo en mi trabajo? Al formar una familia: ¿Estoy cultivando valores eternos en lugar de simplemente perseguir comodidades inmediatas? Al invertir en proyectos personales: ¿Cómo esto glorifica a Dios y beneficia a otros más allá de mi propia satisfacción?

Elegir lo que tiene valor eterno

Jesús lo dijo de manera simple pero contundente: “No acumulen para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para ustedes tesoros en el cielo” (Mateo 6:19-20). Este llamado a la trascendencia nos desafía a preguntarnos: ¿Estoy invirtiendo mi tiempo, talentos y recursos en algo que tiene valor eterno?

La belleza de vivir con una perspectiva eterna es que no solo transforma nuestras decisiones, sino también nos libera del peso de la comparación y el temor al fracaso. Cuando vivimos para lo eterno, entendemos que no necesitamos lograrlo todo ahora, porque nuestras vidas están ancladas en un futuro garantizado por Dios.

Entre la inmanencia y la trascendencia 

En medio de las decisiones que enfrentas hoy, recuerda la lección de Abraham. Haz una pausa y pregúntate: ¿Estoy tomando esta decisión solo con la vista puesta en lo inmediato, o estoy considerando cómo esto se alinea con el plan eterno de Dios? Puede que elegir lo trascendente requiera más esfuerzo, paciencia o incluso sacrificio, pero también trae consigo la seguridad de estar construyendo algo que nunca se desvanecerá.

Dios nos invita a mirar más allá de lo urgente y a confiar en que cada paso de fe, por más pequeño que parezca, tiene un lugar en Su plan eterno. Vivamos para lo que permanece.

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