Cuando la Misión Nos Incomoda: Lecciones de Deuteronomio 3
En el libro de Deuteronomio, Moisés repasa la historia de Israel antes de entrar en la Tierra Prometida. En el capítulo 3, encontramos una narrativa que nos confronta con algunas verdades profundas sobre la vida, el liderazgo y el pecado.
1. Estar Dispuestos a Incomodarnos por Otros
Las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés recibieron su heredad al este del Jordán, pero Dios les ordenó que sus hombres de guerra cruzaran para ayudar a sus hermanos a conquistar la tierra prometida (Dt 3:18-20). No era su batalla en un sentido personal, pero sí en un sentido colectivo. ¿No es esto un reflejo de lo que significa la comunidad cristiana? La vida de fe no se trata solo de nuestras propias conquistas, sino de estar dispuestos a luchar las batallas de otros. (Gál. 6:2)
Muchas veces nos aferramos a lo que ya hemos recibido y evitamos sacrificarnos por aquellos que aún están en lucha, no han empezado o la están perdiendo. Pero, la verdadera obediencia nos llama a salir de nuestra comodidad y comprometernos con el bienestar del cuerpo de Cristo. La barra es más alta que librar nuestras propias luchas, pregúntate: ¿estás dispuesto a incomodarte para que otros alcancen lo que Dios les ha prometido?
2. La Prioridad de Velar por Nuestra Familia
Es clave reflexionar sobre un principio que aparece en el contexto de la guerra en el Antiguo Testamento, particularmente en Deuteronomio 3:19, donde se menciona que los hombres de guerra debían ir al frente, pero las mujeres y los niños permanecían en casa. Este detalle, aunque parece sencillo, revela un principio fundamental que debemos considerar seriamente en nuestros días: Dios no nos llama a sacrificar a nuestras familias en el altar del ministerio. En el afán de cumplir con el llamado divino, muchas veces nos arriesgamos a poner en peligro la estabilidad y el bienestar de los nuestros. Esto refleja la misma advertencia que encontramos en las Escrituras, como en 1 Timoteo 5:8, donde se nos recuerda que el que no provee para su casa ha negado la fe. Igualmente, Efesios 6:4 nos instruye a no exasperar a nuestros hijos, sino a criarlos en la disciplina y amonestación del Señor.
Es cierto que el ministerio de Dios es una gran responsabilidad, pero debemos preguntarnos constantemente: ¿estamos "sirviendo a Dios" al punto de desatender lo que Él mismo nos ha confiado primero, que es nuestra familia? El llamado a servir y a entregarnos en el ministerio es irrenunciable, pero nunca debe ser a costa de la seguridad espiritual y emocional de nuestra familia. Si dedicamos tanto tiempo y esfuerzo a la obra de Dios que descuidamos a los que nos son más cercanos, estamos desobedeciendo un principio fundamental que Dios mismo ha establecido.
La pregunta crucial aquí es: ¿estamos protegiendo a los nuestros o los estamos exponiendo a batallas que no les corresponden? Esto no implica que no debamos involucrar a nuestras familias en el ministerio, sino que debemos ser conscientes de qué batallas les corresponden enfrentar a ellos y cuáles solo a nosotros. De hecho, cuando estudiamos Deuteronomio 3:19, nos damos cuenta de que la decisión de que las mujeres y los niños permanecieran en casa no fue una sugerencia humana, sino un mandato divino, para que sus vidas fueran preservadas. Este principio se repite en otros textos, como Nehemías 4:13-14, donde se muestra la importancia de proteger a nuestras familias de los riesgos innecesarios. En un tiempo de guerra, no todo es apropiado para todos. No todas las batallas deben ser luchadas por toda la familia. Algunas batallas, aquellas que son espirituales y emocionales, deben ser enfrentadas por el líder de la casa, protegiendo a los suyos del desgaste innecesario.
Evaluar las batallas que Dios nos llama a enfrentar es esencial, y no siempre debemos trasladar esas batallas a nuestra familia. Como líderes espirituales, debemos discernir cuáles son las luchas que Dios ha llamado a cada miembro de la familia a enfrentar y cuáles son las que deben quedarse con nosotros. Nuestra misión no es solo alcanzar a otros con el evangelio, sino también asegurarnos de que nuestra casa sea un refugio de paz y seguridad, un lugar donde nuestros seres queridos puedan crecer en el Señor sin las tensiones innecesarias que algunas batallas espirituales podrían traerles.
Por lo tanto, como padres, líderes y servidores del Señor, debemos recordar que el mandato de Dios de “quedarse del otro lado” para proteger la vida es igualmente aplicable a nuestro contexto hoy. La protección espiritual de nuestras familias es un mandato de Dios. No podemos ignorarlo bajo la excusa de estar demasiado ocupados con la obra. Al final, la familia es la primera iglesia que debemos cuidar, son nuestros prójimos más cercanos, y es allí donde Dios nos ha llamado a ser los mayores cuidadores. (1 Tim 5:8, Ef 6:4, Neh 4:13-14, Dt 6:6-7)
3. El Pecado: Una Realidad Individual y Colectiva
Cuando Moisés ruega a Dios para entrar en la Tierra Prometida, la respuesta es tajante: “Jehová se había enojado contra mí por causa de vosotros” (Dt 3:26). Sin embargo, en Números 20:12, Dios le prohibió entrar por su propio pecado al golpear la roca en lugar de hablarle.
Esto nos revela una verdad incómoda: el pecado siempre es individual y colectivo. Moisés falló personalmente, pero la incredulidad y rebeldía del pueblo también tuvieron consecuencias. No podemos ignorar que nuestras acciones afectan a otros, así como la actitud de otros puede influenciarnos a nosotros. Vivimos en comunidad, y la manera en que gestionamos nuestra obediencia o desobediencia tiene impacto más allá de nuestra propia vida. (Éx 32:33, Nm 14:18, 2 Cr 36:14-16, Ro 5:12, Hch 5:1-11)
En un mundo que nos vende la idea de la independencia absoluta, Deuteronomio 3 nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias que trascienden lo personal. ¿Cómo estamos afectando a los que nos rodean con nuestras elecciones?
4. Aprender a Salir del Escenario: La Obra de Dios No Depende de Nosotros
Moisés era el hombre idóneo para liberar al pueblo, pero no para conquistar la tierra. Esa era tarea de Josué (Dt 3:28). ¿Podemos aceptar que hay momentos en los que debemos dar un paso atrás y permitir que Dios levante a otros?
La obra de Dios avanza, no gracias a nosotros, sino a pesar de nosotros. A veces, nuestra mayor prueba de fe no es liderar, sino dejar de liderar. Moisés tenía que animar y fortalecer a Josué, no aferrarse a su posición. ¿Estamos dispuestos a hacer lo mismo cuando llegue el momento?
En nuestra vida y ministerio, habrá momentos en los que Dios nos pedirá soltar, confiar y permitir que otros continúen lo que nosotros empezamos. No somos indispensables; Dios lo es. Y si creemos que todo depende de nosotros, es porque hemos perdido de vista quién es el verdadero protagonista de la historia. (Nm 27:18-23, Dt 31:7-8, Jue 2:16-18, 1 Sam 16:1-13, Is 55:8-9)
Si algo nos enseña el final de la historia de Moisés es que la fidelidad no se mide solo en lo que hacemos de manera individual, sino también en lo que estamos dispuestos a hacer por otros y dejar en manos de Dios.
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario