Cuando el Dolor Tiene Propósito: Génesis 45:5–8
Existen pasajes en la Escritura que ofrecen una perspectiva elevada sobre las experiencias difíciles de la vida. Uno de esos pasajes es Génesis 45:5–8 , donde José, después de una larga trayectoria de sufrimiento y pruebas, revela a sus hermanos una verdad que transforma por completa la interpretación de su historia: “No fuisteis vosotros… sino Dios”.
Este momento no solo marca la reconciliación entre José y sus hermanos, sino que revela una profunda comprensión de la providencia divina. Es un llamado a considerar que, aún cuando el mal nos alcanza, Dios permanece soberano. Creo que podemos considerar algunos principios fundamentales que surgen de este texto y que ayudan a interpretar el sufrimiento, el pecado y el propósito desde una perspectiva bíblica.
Dios es soberano… pero el ser humano sigue siendo responsable
José no minimiza la acción de sus hermanos. Reconoce claramente que ellos lo vendieron. Sin embargo, los invita a ver el evento desde una óptica más amplia: Dios estaba obrando a través de esa situación, aunque sus motivaciones eran pecaminosas. ¡¿Cómo?!
Este pasaje refleja una tensión que se mantiene en toda la Escritura: Dios obra soberanamente sin anular la libertad y responsabilidad humana. Hechos 2:23 lo ilustra claramente en referencia a la cruz: “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos…”
Es decir, el mal que los hombres cometen voluntariamente puede ser usado por Dios como instrumento de su propósito eterno. Él no lo causa, pero lo incorpora sin perder ni un ápice de su santidad.
Ante el pecado de otros sobre nuestras vidas, podemos confiar en que Dios no ha perdido el control. Quienes actuaron con injusticia son responsables de sus decisiones, pero Dios tiene la última palabra sobre la historia.
Dios puede redimir todo dolor para su gloria
El sufrimiento de José fue real y prolongado. Sin embargo, desde la perspectiva del propósito divino, cada paso lo llevó a un lugar estratégico para preservar la vida de muchos.
José declara: “Dios me envió delante de vosotros para preservaros la posteridad sobre la tierra…”
Es evidente que Dios no desperdició el dolor de José, sino que lo utilizó como un medio para traer salvación. Esta es una constante en la narrativa bíblica: el sufrimiento del justo no es estéril. Cuando está bajo la dirección divina, se convierte en instrumento de bendición para otros.
Las heridas del pasado, cuando son entregadas a Dios, pueden convertirse en medios de servicio. Lo que parecía una pérdida puede ser parte de una historia de redención que bendiga a muchos.
El perdón nace de una comprensión sana de la providencia
José pudo perdonar sinceramente a sus hermanos porque interpretó sus acciones a la luz del plan de Dios. Esto no significa que negó el daño recibido, sino que entendió que el poder de Dios es mayor que la maldad humana.
Cuando alguien puede decir: “No fueron ustedes… fue Dios”, está mostrando que ha rendido su historia a la providencia divina. Desde allí nace la libertad para perdonar.
El perdón se vuelve posible cuando se cree que ningún ser humano tiene el poder de frustrar los propósitos de Dios. Esta convicción libera del rencor y transforma el dolor en esperanza.
Pero… ¿cómo puede Dios usar el pecado para su gloria? ¡¿cómo?!
Esta es una pregunta legítima y profunda. La Biblia no ofrece una respuesta simplista, pero sí una afirmación clara: Dios es soberano incluso sobre el pecado, sin ser autor del mismo .
El ejemplo más contundente es la cruz. La muerte de Cristo fue un acto malvado por parte de hombres, ya la vez, el centro del plan redentor de Dios: “Para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.” (Hechos 4:28)
Este es el misterio de la providencia: Dios permite, gobierna y transforma incluso lo más oscuro en instrumento de redención.
Hay propósito, incluso cuando no se ve con claridad
José no entendió el propósito de su sufrimiento en el pozo, ni en la cárcel, ni cuando fue olvidado. Pero llegó el día en que pudo mirar atrás y afirmar: “Dios me envió.”
Esa misma comprensión está disponible para todos los creyentes. Puede que hoy no se vea el propósito. Puede que aún haya heridas abiertas o preguntas sin responder. Pero la historia no ha terminado. Dios sigue obrando, incluso cuando el camino ha sido marcado por el pecado de otros.
Este pasaje invita a confiar, a soltar el resentimiento, ya esperar en el Dios que transforma el mal en bien, la traición en misión, y el sufrimiento en salvación.
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