El Evangelio en Medio de la Confusión


El asesinato de Charlie Kirk ha causado conmoción, dolor y una ola de reacciones encontradas. Para algunos, fue un mártir de los valores conservadores; para otros, un símbolo de polarización y discursos que dividen. En cualquier caso, lo cierto es que su vida y muerte reflejan lo complejo de nuestra naturaleza humana y lo difícil que es discernir, en tiempos de confusión, dónde termina el evangelio y dónde comienzan nuestros ideales políticos, sociales o culturales.

El vicio de esta época: glorificar figuras humanas

Pablo recuerda a los Romanos que “no hay justo, ni aun uno” (Rom. 3:10). La Escritura insiste en que no debemos glorificar a ningún hombre ni elevarlo al nivel de ejemplo perfecto. Kirk, como cualquier ser humano, tuvo virtudes y defectos, momentos de valentía y de imprudencia. Fue alguien que públicamente compartió su fe, y si verdaderamente confió en Cristo, murió alcanzado por la gracia de Dios. Al final, su historia nos recuerda que todos somos profundamente frágiles y contradictorios, y que la verdadera gloria pertenece solo a Cristo.

El vicio de la Iglesia en esta época: el sincretismo

Uno de los mayores riesgos para la Iglesia contemporánea es el sincretismo, es decir, mezclar el evangelio con ideologías políticas, religiosas o sociales. Cuando se confunde la fe cristiana con una agenda partidista, la verdad del evangelio se diluye, y corremos el peligro de defender más un sistema humano que el Reino de Dios.

El evangelio no puede reducirse a un programa político, a una bandera cultural o a un movimiento social. Es más radical y más trascendente: anuncia a Jesucristo como Señor y Salvador de todos los hombres, llama al arrepentimiento, ofrece el perdón de los pecados, y promete una esperanza eterna. Cualquier intento de identificarlo completamente con una causa humana, por justa que parezca, termina corrompiéndolo.

Un recordatorio: la vida y la muerte a la luz del Evangelio

La muerte de Kirk, como la de cualquier persona, debe ser vista con gracia. La Biblia nos enseña que la vida humana es valiosa porque cada persona ha sido creada a imagen de Dios (Gen. 1:27). Y también nos recuerda que la única diferencia real entre unos y otros no es quién fue más bueno o más sabio, sino quién ha puesto su fe en Jesucristo.

Si Kirk murió confiando en el evangelio que proclamó en muchas ocasiones, murió en la gracia. Lo cierto es que su caso nos confronta con nuestra propia fragilidad y nos recuerda que, finalmente, nadie puede presentarse delante de Dios por méritos propios.

Una iglesia cada vez más confundida y con menos esperanza 

Hoy la Iglesia enfrenta el reto de no dejarse arrastrar por la confusión de mezclar el evangelio con los ideales humanos. Muchos no logran distinguir entre el mensaje de la Cruz y las narrativas políticas, sociales o culturales. Y cuando eso ocurre, perdemos la centralidad de Cristo y la claridad de nuestra misión.

El evangelio no nos llama a exaltar a líderes humanos, ni a confiar en ideologías, sino a proclamar que en Jesús hay perdón, reconciliación y vida eterna. Esa es la única esperanza firme: que en medio de nuestras contradicciones, de nuestras sociedades polarizadas, y aun de las tragedias más dolorosas, la gracia de Dios sigue siendo suficiente.

La vida y la muerte de Charlie Kirk no deben llevarnos a glorificarlo ni a demonizarlo, sino a mirar con seriedad la condición humana y a volver la vista a Cristo. En Él encontramos lo que ningún líder, sistema o ideología puede ofrecernos: salvación, paz con Dios y una esperanza que trasciende la política, la cultura y la historia.

La Iglesia necesitamos aprender a discernir. Confundir el evangelio con agendas humanas es la consecuencia inevitable del sincretismo. La única respuesta es volver al mensaje puro y sencillo de la Cruz: Jesucristo murió y resucitó para darnos vida eterna. En Él, y solo en Él, tenemos verdadera esperanza.

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