Entre el perfume y la bolsa: el performance de la fe


Seis días antes de la Pascua, una casa de Betania se llenó de dos aromas: el del nardo puro que María derramó sobre los pies de Jesús, y el del cinismo que salió de la boca de Judas. Dos fragancias opuestas. Dos formas de “adorar”. Dos performances.

Juan 12:1-8 nos lleva a una escena íntima, cargada de simbolismo: una mujer, María, hermana de Lázaro, rompe un frasco de perfume carísimo, unge los pies del Maestro y los seca con su cabello. Un gesto tan extravagante que hace ruido en la mesa. Judas, el administrador de los recursos del grupo, reacciona con aparente indignación moral: “¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?” (Jn 12:5). Suena piadoso. Suena correcto. Pero Juan, como buen narrador pastoral, nos advierte: “No dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón” (v.6).

El texto no es solo un retrato histórico, sino una radiografía espiritual.

María encarna la adoración sin cálculo: su acto es íntimo, corporal, improductivo, y escandaloso.
Judas encarna la religión utilitarista: ordenada, medible, justificable… pero vacía.

La una derrama, el otro administra.
La una se expone, el otro se protege.
La una honra a Cristo, el otro usa a Cristo.

Jesús defiende a María: “Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto” (v.7).
En otras palabras: su acto profético es tan bello que solo se entiende desde la cruz. Ella no está desperdiciando perfume, está anticipando la entrega total de Jesús, el verdadero Perfume que pronto será derramado.

El performance de la fe entre lo auténtico y lo teatral

En el ámbito de la fe, todos actuamos en algún sentido: oramos en público, cantamos, servimos, predicamos. Pero el evangelio nos recuerda que hay dos tipos de performance espiritual:

  1. El performance de la adoración auténtica, que nace del quebranto y del amor, aunque parezca irracional o indecente.

  2. El performance de la religiosidad funcional, que busca verse bien, sonar correcto, y mantener el control.

María hace un acto que en su cultura era socialmente escandaloso: suelta su cabello en público (algo que ninguna mujer decente hacía), se inclina hasta el suelo y toca los pies del Maestro. Lo que a los ojos religiosos parece desorden o impropiedad, a los ojos de Jesús es la belleza del evangelio hecha gesto.

Judas, en cambio, representa el “orden institucional” de la fe: tiene razones, argumentos éticos y sentido común. Pero su devoción es performance vacío, una actuación bien ejecutada pero sin corazón. Judas administra los recursos, pero no su alma.

El texto nos confronta porque ambos personajes viven hoy en la iglesia:

  • Hay Marías que adoran con lágrimas, que sirven sin cálculo, que aman a Jesús de manera que incomoda al sistema religioso.

  • Y hay Judas con discursos impecables, que usan el lenguaje de la piedad para esconder ambición, control o indiferencia.

Vivimos tiempos donde el “marketing espiritual” puede reemplazar la intimidad con Dios. Donde se producen cultos espectaculares pero se pierde el asombro. Donde se predica sobre el perfume sin nunca derramarlo. Y el costo termina siendo altísimo: una fe sin adoración se convierte en administración. Y una iglesia que solo administra la presencia de Cristo, pero no la ama, termina por venderla.

Por otro lado, la adoración auténtica siempre será escandalosa para los que viven de la religión cómoda. Siempre parecerá un “desperdicio” cuando el corazón está calculando costos. Por esto, Jesús sigue diciendo: “Déjala.”

Déjala llorar, déjala cantar, déjala romper su frasco. Porque ese perfume llena la casa con el aroma de lo eterno.

Hoy más que nunca, como Iglesia necesitamos menos performances bien ejecutadas y más actos sinceros de amor que manchen el suelo, que rompan frascos, que incomoden la corrección religiosa. Necesitamos volver a la fe que desborda más de lo que explica, que ama más de lo que mide.

Al final, el contraste entre María y Judas es el contraste entre la gracia y la apariencia.

  • Judas conoce el costo del perfume, pero no el valor del Maestro.

  • María conoce el valor del Maestro, y por eso no le importa el costo del perfume.

No nos conformemos solo con administrar la bolsa de la fe. Atrevámonos a romper el frasco. Porque solo cuando el perfume se derrama, la casa se llena del olor de Cristo (Jn 12:3).

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