Hay mucho más por delante
Este fin de semana alcancé un número simbólico: mi actividad número 100 en Strava, más de 600 kilómetros recorridos en lo que va del año.
Y no lo menciono por vanidad, sino porque al ver ese registro, pensé en lo que realmente significa avanzar. Moverse no siempre es correr, ni tampoco se trata de ir rápido. A veces avanzar es simplemente seguir, incluso cuando el entusiasmo ya pasó y lo único que queda es la decisión.
Esta noche leyendo Juan 1:43–51, cuando Jesús llama a Felipe y luego se encuentra con Natanael, me impresionó una vez más esta escena tan humana y tan divina a la vez. Jesús se acerca, llama, observa, y revela algo profundo: “Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.”
Esa frase tiene una fuerza particular.
Natanael no estaba haciendo algo extraordinario. No estaba orando en público ni demostrando fe. Simplemente estaba ahí, debajo de la higuera, quizás reflexionando, quizás detenido.
Y sin embargo, Jesús lo vio.
No cuando estaba avanzando, sino cuando estaba quieto.
Aquí hay una verdad que no se desgasta: Dios no llega tarde. Nos encuentra justo donde estamos, incluso en la pausa. Y no nos mira con prisa ni con reproche, sino con propósito.
Cuando Jesús le dice a Natanael: “¿Porque te dije que te vi, crees? Cosas mayores que estas verás,” está abriendo un horizonte. Es como si dijera: “No reduzcas tu fe al asombro del momento. Hay mucho más por delante.”
Esa palabra: más por delante, me resonó profundamente. Porque si algo he aprendido, tanto en la vida como en la fe, es que la perseverancia es completamente espiritual.
Hay temporadas en las que el alma se queda quieta, los planes se detienen o el ánimo decae. Pero eso no significa que Dios esté ausente. Él sigue obrando, aun cuando nosotros estamos debajo de la higuera.
Cuando miramos hacia atrás y vemos el recorrido, no podemos evitar pensar en cuántas veces quisismos detenernos. Pero el avance verdadero no se mide sólo en pasos, sino en procesos internos: la madurez, la fe que se vuelve más sólida, la esperanza que deja de depender de resultados inmediatos.
Jesús le promete a Natanael que verá “el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre.” Esa imagen es gloriosa: Cristo como el puente entre lo humano y lo divino, la conexión viva entre la tierra que pisamos y el cielo que anhelamos. Daddy Yankee no lo pudo decir mejor: "Con los pies en la tierra, siempre mirando al cielo..." Y es que en cierto modo, cada paso de obediencia, cada decisión de avanzar, es una forma de cruzar ese puente.
Quizás hoy puede que te sientaa como Natanael: reflexivo, cansado o detenido bajo tu propia “higuera”.
Yo también he tenido mis pausas, y he aprendido a no temerles. Porque a veces, en la quietud, Dios habla con más claridad. Pero lo que no podemos permitir es quedarnos ahí para siempre.
Despaúsate.
No porque la prisa sea virtud, sino porque la fe madura no se queda inmóvil. Avanza, aunque sea con pasos discretos. Porque el Dios que te vio en silencio sigue abriendo caminos. Y cuando menos lo esperes, te recordará: “Cosas mayores que estas verás.”
Así que, hoy no solo celebro los kilómetros, sino lo que simbolizan para mí: la constancia de un Dios que nunca deja de caminar conmigo.
La certeza de que el propósito no se detiene. La convicción de que, aunque el ritmo cambie, Dios no llega tarde.
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