Jeremías como profeta y como espejo

Un pequeño texto de una de las asignaturas de AT mientras estaba cursando la MET. Uno que es más que significativo para mí:

"El libro de Jeremías expone el tipo de relación que el profeta experimentaba con Dios. Nos muestra de manera sincera sus luchas y dudas, así como lo incómodo que le resultaba su tarea. Sin embargo, expone su fidelidad y obediencia ante la tarea que la había sido encomendada.. De esta manera, también se nos presenta el valor que tuvo el profeta al enfrentar no solo conflictos internos, sino también amenazas externas, debido al juicio que proclamaba. Un mensaje claro, en contra de las transgresiones y los transgresores, pero también uno de amor e intercesión por su pueblo. Jeremías nos retrata un tipo de esperanza, no fundada en un optimismo fácil, sino en la soberanía y fidelidad de Dios.

Y es que la soberanía y fidelidad de Dios no solo eran reconocidas por el profeta en su vida personal, sino también en el trato de Dios para con su pueblo. El libro nos desafía, de esta manera, a que nuestra fe personal no debe descansar en las circunstancias que nos rodean, sino en el reconocimiento del control de Dios y en la confianza de aquello que Él está permitiendo o no. Si la lección principal de las Escrituras es la obediencia total al Señor... probablemente ninguna otra persona en el Antiguo Testamento la enseñó mejor que Jeremías.
¿Qué principios espirituales podemos considerar del libro de Jeremías para nuestra vida cristiana? En Mateo 16:24, Jesús nos declara: "Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". Seguir a Jesús requiere primero pasar por la eliminación de nuestra propia voluntad, en ese sentido, ese es "un sufrimiento" inevitable si hemos determinado ser sus discípulos. Además, andar con él requiere de una actitud continua de obediencia: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga". Mateo 11:29-30. Y finalmente, el reconocimiento de nuestra esperanza en Dios, al igual que el profeta Jeremías, es la que nos sostiene aunque debamos pasar por diferentes sufrimientos: "Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente. El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero". 2 Timoteo 2:3-6".

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Tres años después, un poco circular, siempre se siente como si el profeta corriera por mis mismas calles:

Hubo un tiempo —no tan lejos, aunque el calendario insista— en que yo decía: “no soy inmundo”, mientras el polvo del valle se pegaba a mis zapatos. Jeremías era joven y también decía “no sé hablar”. Yo tampoco sabía. Sabía sobrevivir, sabía callar, sabía decorar mi camino como quien pinta la fachada de una casa que se está cayendo por dentro. Y Dios, que no grita pero pesa, decía: “Has trocado mi gloria por lo que no aprovecha.” Y yo miraba mis manos: llenas de proyectos, vacías de descanso. Hubo fuego. No metafórico. Fuego que dejó la tierra como en 4:26: ciudades en ruinas, cielos oscurecidos, el alma convertida en paisaje después del juicio. Y sin embargo — ahí, justo ahí — una frase como una puerta entreabierta: “Vuélvete a mí.” No: “Arréglate y luego vuelve.” No: “Explícame todo primero.” Solo: vuelve. Entonces entendí que el juicio no era el final, era el derrumbe necesario para empezar de verdad. Romped el barbecho. Circuncidad el corazón. No es romántico. Es quirúrgico. Es aceptar la culpa sin negociar con ella. Es decir: sí, fui yo, sí, me desvié, sí, me escondí detrás de la prisa, sí, busqué amor en paredes que no sabían sostener techo. Y aun así, Él dice: “Yo soy vuestro esposo.” Qué escándalo. Qué manera de amar cuando la ley ya habría cerrado la puerta. Ahora, miro mi paisaje, no como ruina definitiva sino como terreno removido. Tal vez... no sea borrar lo que fue, sino usar las piedras quemadas para levantar otra casa. Una casa sin adornos falsos. Sin puertas para escapar. Sin ventanas cerradas por miedo. Una casa con cimientos en un corazón nuevo. No el corazón impulsivo que corre tras cualquier promesa. No el corazón orgulloso que niega el polvo en los zapatos. Sino uno circuncidado, limpio en la herida. Y cuando un dpia se levante algo nuevo que no sea para tapar el pasado, sino porque el pasado ya fue redimido. Que la casa no nazca del vacío, sino de la restauración. Que no sea refugio del miedo, sino habitación del pacto. Hoy no niego el dolor. Lo nombro. Lo recuerdo. Sin romantizarlo. Pero tampoco me quedo allí. Porque si el profeta pudo llorar y seguir hablando, si la tierra devastada pudo volver a ser sembrada, si el “vuélvete” sigue resonando después del juicio, entonces... Mientras el sol se levanta sobre las ruinas que ya no asustan tanto, susurro: Rompe mi barbecho, Señor. Hazme nuevo por dentro. Enséñame a construir despacio. Y cuando la casa esté lista, que no sea monumento a mi fuerza, sino testimonio de tu misericordia.


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